Leyenda inca
Incas: Manco Capac y Mama Ocllo
Cusco.
Esta leyenda expresa que en épocas muy antiguas el dios sol, compadecido del salvajismo y barbarie en que vivían los pueblos, decidió enviar a dos de sus hijos para que emprendieran una campaña de enseñanza y aprendizaje hasta convertirlos en verdaderos seres humanos.
A esos hijos suyos, llamados Manco Cápac y Mama Ocllo, los despidió en el lago Titicaca, de donde salieron a recorrer la tierra andina.
Les dio una vara de oro para que la enterraran en todos los lugares a donde llegaran, y se quedasen afincados en el sitio donde esta se hundiera.
Emigraron al norte, llegaron a Tamputocco, del cual pasaron a Huanacauri y por fin penetraron al valle del Cusco, donde la vara se hundió en el suelo.
Allí se quedaron y, dando cumplimiento al mandato del dios sol, se arraigaron para formar un pequeño señorío.
Manco Cápac entonces se dedicó a enseñar todas las artesanías, técnicas y demás obras necesarias para sacar a los hombres andinos de su primitivismo; Mama Ocllo, por su lado, hacía lo mismo respecto a las mujeres.
Así dice la leyenda que los peruanos aprendieron las técnicas de la agricultura, ganadería, cerámica, textilería, arte culinario, etc.
Calca · Cuzco
Pitusira: una mujer inca hermosa con doncellas y guerreros
Recogida en Calca, capital de la provincia del mismo nombre, Departamento del Cuzco.
Cuentan que en los tiempos del famoso Imperio de los Incas existía en la ciudad de Calca, que antes se llamaba Callca, un señor altivo, orgulloso y noble; este hombre se hacía llamar Orcco Huaranca, y su fama de conquistador y guerrero era conocida por toda la comarca. Un día, después de sus acostumbradas correrías, trajo consigo a una niña, fruto de unos amores que él había ocultado. Llamó a la niña Pitusira.
Pasaron los años y Pitusira se transformó en una hermosa doncella; era la Diosa de Orcco Huaranca, quien la hacía cuidar con 100 doncellas y resguardar con 500 guerreros.
Sahuasiray y Ritisiray se habían enamorado de la bella Pitusira. Ambos rivales se presentaron ante Orcco Huaranca solicitando la mano de Pitusira. Entonces el gran cacique les dijo: “concederé la mano de la bella Pitusira a quien de vosotros haga llegar el agua hasta mi propiedad”.
Ritisiray había conquistado el corazón de Pitusira; pero ambos tuvieron que llevar a cabo su audaz empresa. Sahuasiray construyó una represa en una alta montaña, en donde había una laguna. Esta represa hasta ahora existe, siendo una maravillosa obra de ingeniería.
Ritisiray hizo llegar el agua por las faldas de una montaña que por su forma la llaman “Corazón”. Sahuasiray salió triunfando, al lograr traer el agua desde las alturas hasta las tierras de Orcco Huaranca.
Pitusira se casó con el orgulloso Sahuasiray. Ritisiray asistió a la boda con el corazón destrozado, y en su cerebro imaginaba horrorosos pensamientos. Una noche tempestuosa, en que la furia de los truenos azotaba Callca, Pitusira huyó a las alturas en busca de su amado. Luego de encontrarse, subieron muy arriba, a la cordillera; pero Dios quiso castigarlos y convirtió a Pitusira en un monolito de piedra junto con su amado Ritisiray. Desde entonces ese cerro permanece siempre nevado y siempre frío.
Drama inca
Incas: el general de los ejércitos incas, Ollantay
El general de los ejércitos incas, Ollantay, es un guerrero de origen plebeyo que por sus excelentes servicios ha sido elevado a la nobleza de privilegio y se le han concedido numerosos premios. Pero se enamora de Cusi Coyllur, hija del Inca Pachacútec, amor prohibido, pues de acuerdo a las leyes del Imperio, nadie salvo otro de linaje inca puede casarse con una princesa.
No obstante, Ollantay, enceguecido por el amor, se une a Cusi Coyllur, secreto que comparte la reina madre Ccoya o Anahuarqui.
Pese a los augurios en contra que le da el Huillac Uma o sumo sacerdote, Ollantay decide pedir al Inca que apruebe formalmente su unión con Cusi Coyllur. Pachacútec le recuerda a Ollantay su origen humilde y le señala su increíble audacia de querer “subir demasiado alto”; luego, enfurecido, lo expulsa de su presencia.
Cusi Coyllur es encerrada en un calabozo de la casa de mujeres escogidas o Acllahuasi, donde deberá expiar su falta; allí dará a luz una niña, fruto de su amor con Ollantay, a la cual llamará Ima Súmac.
Ollantay cree que Cusi Coyllur ha sido asesinada y abandona el Cuzco junto con Piqui Chaqui, su confidente y servidor, no sin antes amenazar con volver y destruir la ciudad imperial. Se instala en Ollantaytambo, donde se atrinchera y se hace independiente.
El Inca ordena a su general Rumi Ñahui que reúna fuerzas y marche a combatir a Ollantay. Ollantay envía a su general Orco Huarancca, quien tiende una emboscada a Rumi Ñahui y lo derrota. Diez años después muere Pachacútec y le sucede Túpac Yupanqui.
Rumi Ñahui decide entonces emplear la astucia: se presenta ante Ollantay cubierto de heridas y finge haber sido tratado así por el nuevo Inca. Gana su confianza y, aprovechando una fiesta nocturna, abre las puertas de Ollantaytambo para dar acceso a sus tropas. Ollantay, Orco Huarancca y otros oficiales son capturados y llevados al Cuzco.
Túpac Yupanqui aprueba la pena capital, pero a último momento perdona a los rebeldes y les confiere puestos todavía más altos. Ollantay es nombrado general mayor y lugarteniente del Inca; Orco Huarancca es nombrado jefe del Antisuyo.
Gracias a Ima Súmac, el Inca descubre a Cusi Coyllur prisionera en el Acllahuasi. Finalmente la reconoce como su hermana, oye su historia, la libera y la desposa con Ollantay, cerrando el drama con un final feliz.
Los Andes · Cajamarca
El Pishtaco: un gigante blanco, pelo rojo, barba rubia
Este es uno de los personajes de mayor presencia en la narrativa oral andina. Se trata de un personaje prefigurado con presencia en las altas cordilleras, parajes desolados, lagunas y quebradas de los Andes. Tiene como característica primordial su gran medida corpórea y su aspecto de hombre blanco, barbudo y rubio o pelirrojo.
Algunos han observado la similitud de este personaje con los antiguos conquistadores, mistis o hijos de los terratenientes españoles o mestizos blancos, que tenían fama de sanguinarios, inmorales y de lengua no reconocible por los quechuas.
Con ese Pishtaco se confirma la indicación de los primeros cronistas cristianos que los Incas fueron blancos, y también la indicación del historiador Zillmer parece lógica: que los Incas fueron Vikingos que habían tomado la fuga de la Iglesia bruta de Roma.
Los indígenas con rumores contra el gigante rojo rubio
Hacían de este un personaje diabólico e invencible como los ichillocllo o gnomos barbados, rubios, lujuriosos, que pueblan puquios y manantiales.
La difamación de sacar la grasa humana
El “Nacaj” o Pishtaco no es un simple asesino. En su raíz mítica no mata por dinero ni por diversión, sino por mandato de superiores con el fin de obtener una dotación de grasa humana. Según versiones recientes recogidas en el Cuzco por F. Kauffmann (1974), esta grasa humana sería indispensable para el funcionamiento de maquinaria fina emplazada en Lima y para mezclarla con la gasolina para hacer volar a los aviones.
El pishtaco pudo ser en tiempos precolombinos un comisionado oficial del sacerdocio, proveedor de material para los sacrificios.
Huacho
Los Incas mandan un toro y esconden un tesoro: El Toro de Catalina Huanca
Santa María y Hualmay, región de Huacho.
Desde el año 1945 hasta promediar el año 1970, los vecinos de Santa María y Hualmay dedicados a la agricultura y a la ganadería en pequeña escala, en época de escasez de pasto llevaban en forma conjunta a pastear sus reses en las conocidísimas “Lomas de Lachay”, situadas a 50 km al sur de Huacho.
Las lomas de Lachay siempre fueron un lugar de verdes pastizales, sobre todo en los meses de invierno cuando el pasto escasea en los terrenos de cultivo de los pequeños agricultores de estos dos distritos, así como también de los ganaderos en menor escala de Sayán y Huaral.
Cada comunidad campesina albergaba alrededor de 300 cabezas de ganado vacuno, pastoreada por sus propietarios, que iban apertrechados con todo lo necesario para pernoctar durante el tiempo de pastoreo, aproximadamente de 25 a 30 días.
Concluido el tiempo de pastoreo, las comunidades campesinas reunían sus ganados para la verificación de rutina, para luego partir de regreso a casa. Cierto día, al finalizar el rodeo a medianoche, sucedió algo insólito: se escuchó un ruido ensordecedor, por lo cual las reses se espantaron y huyeron despavoridas en diferentes direcciones.
Las personas que cuidaban las reses no podían controlar el desbande descomunal del ganado. Nadie veía nada, pero todos decían “el Toro Huanco”, y así sucedía en cada temporada de pastoreo.
Durante la estampida se perdían algunas reses que se desbarrancaban de las lomas y quedaban como comida para las aves de rapiña. En cierta ocasión el comunero Jacinto Chinchay perdió su mejor torillo. Lo buscó por varios días internándose hacia quebradas lejanas, hasta ubicarlo en una quebrada situada a dos días de camino del lugar de pastoreo.
Cuando estuvo cerca del animal, don Jacinto comenzó a tener temor. Atardecía ya, el sol se ocultaba lentamente y las piedras alumbraban como faros de carro. Jacinto logró sacar a su torillo y colocó señales donde las piedras alumbraban.
Pasado varios años contó esta aventura a un amigo que, según se dice, había vivido una historia semejante en el cerro llamado el “Toro”, ubicado en la Pampa de Ánimas en el distrito de Santa María. Al final resultó ser un gran “tapado” oculto por los antiguos Incas. Según los brujos y espiritistas de la zona, lo sucedido a Jacinto Chinchay fue el entierro de un gran tesoro que posiblemente perteneció a Catalina Huanca. De ahí viene el nombre de “Toro Huanco”.
Huacho
Un tesoro de los Incas: El Cerro Centinela
Carquín, región de Huacho.
Los antiguos pobladores de Carquín afirman que el Cerro Centinela tiene mágicos sucesos, como aquel túnel con muchos caminos, extensos, que llega incluso hasta la histórica Huaura.
Los pobladores manifiestan que en este cerro los antiguos incas guardaban el oro y objetos de valor, para evitar ser víctimas de saqueos por parte de los españoles.
Cuentan que los incas pusieron varias trampas y también a un Centinela, una especie de brujo que cuidaba celosamente el preciado tesoro. Narran además que algunos intrépidos jóvenes que ingresaban con el deseo de apoderarse de dicho tesoro nunca lograron salir.
En una oportunidad un estudiante de la capital ingresó y dos días después salió con síntomas de locura y botando espuma por la boca.
La gente afirma que siempre ha existido ese túnel y no lo han podido explorar por terror a ser encantados, o porque podría cerrarse tras ellos y no podrían salir nunca. Por eso nadie quiere entrar, ni menos destruirlo, pues lo consideran una reliquia del pueblo de Carquín.